De los fiordos a Mallorca: un viaje por el mundo interior de los simbolistas europeos

Un cielo es un cielo. Nadie lo pone en duda. Ahora bien, ¿qué es un cielo teñido de rojos, violetas y anaranjados? Puede ser el firmamento de aquella tarde junto al mar que ponía fin a un inolvidable verano; el del alba, para el guarda que termina el turno de noche y vuelve a casa; el que proyecta una nueva erupción del Vesubio que traerá consigo el fin del mundo; las reminiscencias de un fuego lejano que consume esperanzas y vidas… ¿Y si es de color verde?, ¿y si lo moldeamos con los dedos?, ¿y si parece derretirse y fundirse con el mar?, ¿y si es pardusco y atemporal?, ¿y si está desenfocado?, ¿y si está surcado de espirales y remolinos, como el de Noche estrellada de Vincent van Gogh? Por mucho que un cielo no sea más que un cielo, puede inspirar en nosotros las más profundas emociones y hacernos reflexionar sobre temas universales como el ambiente opresivo de la ciudad, la muerte o el destino.

Vincent van Gogh, Noche estrellada, 1889.
Óleo sobre lienzo, 73,7 x 92,1 cm.
Museum of Modern Art, Nueva York.

Esto bien lo sabían los pintores europeos cuyas obras acoge una de las más recientes exposiciones de la National Gallery of Scotland. Se trata de pintores que califica de simbolistas, herederos de los preceptos del impresionismo, que sometieron la realidad a su voluntad. El poeta Mallarmé instó a los simbolistas a que no se limitaran a pintar lo que veían sino los efectos que aquellos objetos producían en ellos.

La corriente artística del simbolismo surgió a finales del siglo XIX, entre los años 1880 y 1910, en una época en la que los avances científicos ponían en tela de juicio la supremacía del hombre sobre el mundo natural y en la que el progreso tecnológico empezaba a crear un sentimiento de preocupación por las consecuencias del materialismo. En ese contexto, los simbolistas retomaron el idealismo romántico de William Blake, Caspar David Friedrich y J. M. W. Turner y lo aplicaron a las realidades tangibles y efímeras retratadas por los impresionistas. Su objetivo era expresar su individualismo, su mundo interior, y traducir realidades universales a un lenguaje de tristeza, amor, angustia, anhelo…; en otras palabras, pintaban «paisajes del alma» que hablaban del hombre, de la sociedad, del infinito.

La muestra incluye a algunos de los principales artistas vanguardistas, como van Gogh, Gauguin, Munch, y Mondrian, y a un considerable número de pintores no tan conocidos. En el fondo, el concepto de simbolismo resulta tan vago que es difícil determinar quiénes entran claramente en el saco y quiénes deberían quedarse fuera.

 

Sea como fuere, la exposición es un verdadero desfile de paisajes radicales y extremadamente evocativos, que permiten recorrer Europa a golpe de sentimientos. Estará abierta hasta el 14 de octubre, así que aún tienes algo de tiempo para estudiar la obra de van Gogh en casa y decidir si sus cielos son lo bastante sugerentes para ti.

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