La verdadera inocencia de los musulmanes

El undécimo aniversario de los ataques del 11 de septiembre ha estado trágicamente marcado por el asesinato del embajador de Estados Unidos en Bengasi, Libia. Este atentado se confundió entre una serie de protestas, violentas y no violentas, suscitadas por el insultante y mediocre largometraje estadounidense Innocence of Muslims (La inocencia de los musulmanes). Aún no se ha confirmado el nombre del responsable de esta película que ridiculiza a Mahoma (o Muhámmad, según se prefiera) y que, supuestamente, trata de demostrar que «el islam es un cáncer», pero las secuencias publicadas por ese desconocido en YouTube han desatado una violencia difícilmente contenible.

Realmente es una desgracia que sucesos como estos empañen la riqueza y la diversidad de la civilización islámica. Este undécimo aniversario también coincide con la apertura del octavo departamento del Louvre dedicado enteramente al legado artístico del islam. En el discurso pronunciado durante la inauguración, el presidente de Francia, François Hollande, no sólo alabó el universo islámico formado por mil y un mundos, épocas, lugares e inspiraciones, sino que declaró abierta la batalla contra la intolerancia y calificó de injusta la atribución de los fundamentalistas islámicos, que se declaran representantes de todo el islam y tiñen de sangre todas sus culturas.

Sí, culturas en plural, porque el islam se extendió por un vastísimo territorio, desde la India hasta España, que abarcaba gentes y culturas muy distintas, no sólo árabes. En definitiva, las creaciones artísticas islámicas fueron fruto de intercambios constantes, intercambios que inevitablemente han conformado eso que llamamos cultura occidental. Y a veces de forma sorprendente. Veamos, por ejemplo, esta obra maestra del arte metalúrgico, una de las joyas del gran museo de Francia, que se conoce como El baptisterio de san Luis.

Vasija conocida como El baptisterio de san Luis, c. 1320-1340.
Latón con incrustaciones de plata y oro, altura: 22cm y diámetro de apertura: 50,2 cm.
Musée du Louvre, París.

Durante siglos, esta pieza de metal sirvió para bautizar a los niños reales de Francia, desde Luis XIII, en 1601, hasta el príncipe imperial, Napoleón Eugenio, hijo de Napoleón III, en 1856. No obstante, su origen se encuentra en Siria o Egipto, en la época del sultanato de los mamelucos, la dinastía de antiguos esclavos que gobernó el mundo árabe desde 1250 hasta 1517, cuando fueron conquistados por los otomanos. Se atribuye a Muhámmad ibn az-Zayn, pero se desconoce quién era su destinatario. Tampoco se sabe cómo llegó a manos reales ni por qué flores de lis decoran su exterior. Lo que sí parece cierto es que la vasija aún no existía en 1270, cuando falleció Luis IX, por lo que el nombre por el que se la conoce tradicionalmente sería incorrecto. Pero… ¡qué gran ejemplo de la inevitable interferencia entre los pueblos! Los monarcas por derecho divino se cristianaban en una obra de origen islámico…

Con respecto a las últimas erupciones de violencia, la cabeza visible de la Iglesia católica, el papa Benedicto XVI, ha implorado durante su visita a Beirut por que, lejos de separarnos, las diferencias culturales, sociales y religiosas nos lleven a establecer «un nuevo tipo de fraternidad». Para empezar, no dejes de visitar el nuevo espacio diseñado por los arquitectos Mario Bellini y Rudy Ricciotti en el país de la «Liberté, égalité, fraternité» ni de embeberte de grandeza oriental con las coloridas ilustraciones de los ebooks Art of Islam y Art of India y del libro Central Asia Art.

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