Señoritas de pro

«Tienes ya edad, Jo, de dejar trucos de muchachos y conducirte mejor». Esto le decía la mayor de las hermanas March a Josephine, caracterizada por su aire masculino y su fuerte carácter. Mujercitas, el clásico de Louisa May Alcott que narra la evolución personal de cuatro jóvenes en los años de la Guerra de Secesión estadounidense, fue sin duda una revolución en la literatura estadounidense del siglo XIX y una de las lecturas favoritas de muchas niñas –y no tantos niños– de todo el mundo, incluidas la que escribe y Rachel, de Friends.

Ahora bien, ¿en qué sentido fue transgresora esta novela para niñas —por desafortunada y «decimonónica» que resulte esta clasificación—? Pese a que en el siglo XIX se desechara la idea de que la infancia era una etapa maleable e insignificante de la vida imperante en el siglo anterior, ésta fue sustituida por una concepción virginal de las niñas a comienzos del nuevo siglo. Las niñas no debían ser otra cosa que inocentes angelitos, preocupadas por la moda, la higiene y los quehaceres domésticos. «Niñas antiguas» vestidas de blanco, con pololos y puntillas, enaguas y fajas de raso en tonos pastel, como la pequeña Fanny Travis Cochran retratada magistralmente por Cecilia Beaux.

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Cecilia Beaux, Fanny Travis Cochran, 1887.
Óleo sobre lienzo, 91,4 x 74,1 cm.
Donación de Fanny Travis Cochran
Pennsylvania Academy of Fine Arts 1955.12, Filadelfia, Pensilvania.

En contraste con esta imagen, Jo March encarna las transformaciones que se operaron en la percepción de la niñez a lo largo del siglo: una niña podía ser algo más que una futura señorita; podía ser creativa, independiente y decidida, anhelar la libertad de los chicos y tener ambición.

Esto bien lo saben los organizadores de la exposición itinerante «Angels and Tomboys – Girlhood in Nineteenth-Centurty American Art», que explora el papel de las niñas y adolescentes en la pintura, la escultura, los grabados, la fotografía y la literatura estadounidenses en el siglo XIX. Pone de manifiesto que, además de niñas angelicales sumisas e insustanciales, también existían niñas desgarbadas que se comportaban como chicos, niñas que habrían preferido combatir en una guerra que destruyó hogares en lugar de quedarse en casa haciendo calceta, niñas obligadas a trabajar y adolescentes que debían hacerse mujeres muy a su pesar.

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Abbott Handerson Thayer, Ángel, 1887.
Óleo sobre lienzo; 92 x 71,5 cm.
1929.6.112.
Donación de John Gellatly.
Smithsonian American Art Museum, Washington D. C.

Abbott Handerson Thayer pintó una alegoría de su hija como un ángel custodio que brindara salud a su mujer, hospitalizada por «histeria». No obstante, el rostro del ángel, como el de Fanny Travis Cochran, tiene un aire reflexivo y de introspección que parece expresar su inconformidad ante la extendida práctica de internar a cualquier mujer insatisfecha.

Ésta y otras criaturas angelicales estarán expuestas en el Memphis Brooks Museum of Art hasta el 12 de mayo de este año. No obstante, si te faltan las alas para viajar hasta allí, puedes consolarte con algunas de las más bellas representaciones de sus portadores divinos recogidas en Ángeles de Klaus Carl.

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