Manos, ¿para qué os quiero?

Desde que desaparecieran los aprendices, el valor y la utilidad del trabajo manual ha ido perdiendo prestigio a pasos agigantados. Las constantes reformas educativas que absorbieron los oficios que anteriormente se aprendían y perfeccionaban en los talleres, pasaron a formar parte de la enseñanza profesional, la conocida como formación profesional, que proporcionaba conocimientos teóricos además de prácticos. Me abstendré de valorar la justicia o acierto de esta estrategia ―de alguna manera había que ocupar a la cantidad de jóvenes que se negaban a estudiar y no podían encontrar trabajo en la España de la transición―, pero las consecuencias, en mi humilde opinión, pueden percibirse en dos aspectos diferentes.

Frank Duveneck, El aprendiz de zapatero, 1877. Óleosobrelienzo, 100,3 × 70,8 cm. Taft Museum of Art, Cincinnati.
Frank Duveneck, El aprendiz de zapatero, 1877. Óleosobrelienzo, 100,3 × 70,8 cm. Taft Museum of Art, Cincinnati.

La primera es que ya nadie quiere trabajar con sus manos. Las profesiones que implican un trabajo físico, sin contar los trabajos repetitivos o en cadena, ya no cuentan con la reputación que tiempo atrás las hacía atractivas a los muchachos que buscaban abrirse paso en la vida. Al contrario, este tipo de trabajos tienen poca aceptación social y a las personas que los realizan se les considera brutos, groseros, molestos, en definitiva, menos. De esta manera, las ocupaciones de fontanero, ebanista, electricista, pintor, etc., no están entre las opciones que barajan los jóvenes para encaminar su futuro, y mucho menos están en la mente de los padres que quieren ver como sus hijos salen adelante. Aun cuando los salarios suelen ser más que aceptables, la creación, o la solución de problemas, en el ámbito doméstico o profesional carece de toda estimación. Ahora todos los chicos quieren ser economistas, informáticos, médicos, abogados, arquitectos, o lo que es lo mismo, todos quieren completar una carrera universitaria que los lance en el mercado laboral que, bien pensado, es incapaz de absorber esta oferta.

La segunda consecuencia puede considerarse un corolario de esta primera. De manera creciente, los jóvenes no disponen del conocimiento necesario para reparar las pequeñas incidencias que se producen en el hogar. Al haber descartado las habilidades manuales como conocimientos útiles, cuántos no han tenido la experiencia de tener que reparar un enchufe, una bombilla, querer pintar una habitación, arreglar un grifo o una cisterna, yhan sido incapaces de hacerlo sin dejarlo peor de lo que estaba, o han tenido que recurrir a un amigo o un profesional que les cobrara, ya fuera en especias, cervezas y demás agasajos, o en vil metálico. Aunque a decir verdad todavía hay esperanza, ya que gracias a la labor de dos apoyos el háztelo tú mismo se está poniendo de moda: en primer lugar está el bricolaje que, por medio de libros o vídeos, nos ayuda a realizar esas tareas de acondicionamiento casero y, en segundo lugar, está Ikea, que militarmente nos obliga a armar nosotros mismos los muebles si queremos que se parezcan a los del catálogo.

Camille Pissarro,Rue du Gros Horloge à Rouen, 1883-4. Aguafuerte y aguatinta  sobre papel verjurado de lavanda, 30 x 24 cm. Bibliothèque Nationale de France, París.
Camille Pissarro, Rue du Gros Horloge à Rouen, 1883-4. Aguafuerte y aguatinta
sobre papel verjurado de lavanda, 30 x 24 cm. Bibliothèque Nationale de France, París.

Es poco probable que Camille Pissarro tuviera ninguno de estos problemas. A lo largo de su vida realizó más de doscientos grabados para los que empleó todos los métodos experimentales que su imaginación le permitió. Su energética personalidad hizo que realizara ensayos con todos materiales que tenía a su disposición, entre los que estaban sus propias manos. Como prueba, hace poco, la NationalGallery of Art de Washington le dedicaba una exposición: Pissarro on Paper, donde mostraba muchos de los grabados que completó a lo largo de su carrera, y hacía hincapié en la variedad de procedimientos investigados. No digo yo que hagafalta ir hasta el extremo de pasarse la vida experimentando, pero ya que las tenemos a nuestro alcance y disposición: manos, ¿para qué os quiero? Consulta el libro de Nathalia Brodskaya, Pisarro (en francés), para descubrir la revolución que este llevó a cabo en la pintura junto a sus compañeros impresionistas.

-Man O’ Letters.

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