Malos tiempos para los vampiros

La primera película de la que tengo memoria es Drácula (la de 1931, con el gran Bela Lugosi en lo que se convertiría su obsesión) a la tierna edad de 4 años. Mi padre, sentado a mi lado, estaba supuestamente encargado de avisarme cuando algo terrorífico iba a pasar. Pero como ya sabéis, no te puedes fiar de un adulto tomando café, así que me la tragué entera y verdadera, para delicia de mis terrores nocturnos.

El caso es que de ahí me quedó cierto gusto por lo oscuro que más tarde me llevó a Bécquer, Poe, Lovecraft, Mary Shelley, William Blake,… y cuando tuve edad para apreciar el arte a Goya, Delacroix, Doré, o Fiedrich, entre otros. Por eso, con los actuales vampiros (¿o debería llamarlos gusiluces?), hombres lobo y demás especies, me entra una especie de depresión que sólo desaparece pensando en que son días dorados para los zombis, algo que siempre consuela.

Johann Heinrich Füssli, La pesadilla, 1781. Óleo sobre lienzo. 101,6 x 126,7 cm. Founders Society, Detroit Institute of Arts, Detroit.
Johann Heinrich Füssli, La pesadilla, 1781.
Óleo sobre lienzo. 101,6 x 126,7 cm.
Founders Society, Detroit Institute of Arts, Detroit.

Porque seamos francos, ¿tan blandos nos hemos vuelto que necesitamos una versión edulcorada de estos seres? En su naturaleza oscura, perversa y misteriosa reside precisamente su poder de atracción (mira, si no, los vampiros de Anne Rice), si les quitamos eso se convierten en meros fenómenos más dignos de aparecer en La parada de los monstruos que de seducir a inocentes jovencitas y aterrorizar al mundo entero; pierden su cualidad sublime, clave en el Romanticismo (citando a Kant, «nada cae más por debajo de lo sublime que lo ridículo»).

Gustave Doré, Ilustración 11,  realizada para El cuervo de Edgar Alan Poe (Doubting, dreaming dreams no mortal ever dared to dream before), edición de 1884.
Gustave Doré, Ilustración 11,
realizada para El cuervo de Edgar Alan Poe
(Doubting, dreaming dreams no mortal ever dared to dream before),
edición de 1884.

Por suerte para nosotros, el Musée d’Orsay recupera estos viejos mitos en su versión más auténtica con la exposición «El ángel de lo extraño. El romanticismo negro de Goya a Max Ernst», que se puede visitar hasta el 23 de junio y nos acerca a las distintas formas que esta forma de pensamiento ha tenido desde que apareció hasta nuestros días (especialmente recomendada para emos, ¡nunca es tarde para salvar sus almas!).

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