Santiago Sierra, The Flock (El Rebaño), 2015. Team (gallery, inc.), Los Ángeles.

Arte de verdad

Hace poco tuvo lugar la feria de arte ARCO y no puedo sino sacar unas conclusiones tan subjetivas como banales, al mismo tiempo que repetidas hasta la saciedad. Vertiendo agua en el océano, vamos. En la feria se pudo ver lo que los pintores españoles contemporáneos tienen entre manos y entre cejas. Y no será por la nacionalidad de los artistas, sino más bien por lo que parece ser común a muchos creadores de hoy en día: llamar arte a tener una idea.

Santiago Sierra, The Flock (El Rebaño), 2015. Team (gallery, inc.), Los Ángeles.
Santiago Sierra, The Flock (El Rebaño), 2015. Team (gallery, inc.), Los Ángeles.

Partamos de la base de que estoy de acuerdo con Huysmans en que las obras de arte no deben ser analizadas como novelas, buscando un argumento que las justifique o las explique. Pero una cosa no quita la otra. Si se pueden crear obras que además de significado tengan un atractivo más allá de la firma del autor, tanto mejor, creo yo. Arte debería suponer una exigencia antes que una ocurrencia. Por eso, algo que se quiera llamar arte debería conjugar los cuatro elementos elementales, a saber: belleza, ubicación, profundidad y eternidad. Belleza porque para ver algo feo están los telediarios, ubicación porque uno tiene que saber dónde está para que no se lo tome por un loco, profundidad para ver más allá de la superficie, y eternidad porque lo que no dura no merece la pena. Y si no, que se lo pregunten a cualquier mujer. Si fuera sencillo lo podría hacer un niño de 8 años, ¿no? (el arte, siempre el arte).

No pretendo con esto perennizar la obsoleta discusión sobre la utilidad (o inutilidad) del arte, tan futil como hablar de política o de fútbol. Nada más lejos de mi intención. Aun así, me gustaría llamar la atención sobre el poder embaucador de la etiqueta arte y sobre el distanciamiento con respecto  a estas cuatro funciones. Y muchos dirán que el arte contemporáneo es el reflejo de la sociedad desconectada, deconstruida, desesperada y de vuelta (de todo), pero no puedo por menos que echar de menos a los artistas que buscaban conmover antes que conmocionar, echar de menos a los que buscaban pertenecer antes que percutar, echar de menos a aquellos que buscaban retratar el mundo antes que crearse uno, y echar de menos a los que no son nada más que un juguete sofisticado e ingenioso.

Diego Velázquez, Juan de Pareja, 1650. Óleo sobre lienzo,  81.3 x 69.9 cm.  The Metropolitan Museum Of Art, Nueva York.
Diego Velázquez, Juan de Pareja, 1650. Óleo sobre lienzo, 81.3 x 69.9 cm.
The Metropolitan Museum Of Art, Nueva York.

Pienso en Velázquez cuando digo todo esto, el pintor de los pintores, como decía el que pintó la modernidad de nuevo por primera vez. El pintor que sin salirse de la estética imperante en su época supo ser tan revolucionario como para parecerse a todos y a ninguno. Como dijo Palomino hablando del retrato de Juan de Pareja: «a voto de todos los pintores de diferentes naciones, todo lo demás parecía pintura, pero este solo verdad». El pintor que siguiendo la tradición consiguió crear una nueva. El pintor que evitando idealizar lo que retrataba estableció un diálogo con su entorno y con la eternidad.

No busques más y date un paseo por nuestro libro de Carl Justi sobre Velázquez y su época, donde podrás encontrar no sólo las obras maestras del genio, sino también motivos para seguir visitanto ARCO y argumentos para seguir hablando de cosas inútiles que sirven para muchas cosas.

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